Mi experiencia personal como voluntaria: la brecha digital

Este verano fui voluntaria en Melilla, y durante dos semanas di clases de español en el CETI (Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes) Éramos cuarenta voluntarios, todos entre 19 y 30 años, y sólo cuatro nos encargábamos de dar clases de español, dos en una asociación y otros dos en el CETI. Casi ninguno de los voluntarios sabía o había leído sobre la situación tan precaria que tiene África, aunque yo sí tuve la suerte de entender, de manera muy básica, los problemas de este continente gracias a la asignatura de Geografía Regional estudiada en segundo de carrera. Pero, como no podía ser de otra forma, hubo cosas que me llamaron la atención y en las que ni había pensado ni me las había planteado antes.

El primer día que llegamos al centro nos explicaron un poco cómo funcionaban y nos contaron que el objetivo siempre era que salieran del CETI preparados para el cambio cultural, no sólo lo referido al idioma o al trato y a la libertad de acción de las mujeres en Europa, sino también enseñarles a usar los ordenadores: cursos de Word, de Excel… era necesario darles los conocimientos básicos, ya que (dependiendo mucho de las edades y del país de proveniencia) muchos no sabían casi nada. Sin embargo, a los más jóvenes era lo que más les interesaba. Esa fue la primera vez que pensé en la brecha digital y en los distintos modos de alfabetización.

Meses más tarde, ya pasado el verano, comencé a trabajar como voluntaria en la Fundación Verón, la cual tiene un colegio en El Progreso, Honduras. En una de nuestras reuniones salió el tema de cómo se aborda la brecha digital en el colegio Escuela de Vidrio y en cómo se procura que los chicos estén familiarizados al igual que lo estamos los europeos con la tecnología. Entonces recordé todo lo vivido en Melilla.

Es curioso cómo damos por hecho muchas cosas aquí en Europa, las tecnologías forman parte de nuestro día a día y, aunque justo nuestra generación sí es consciente del inmenso cambio, lo hemos vivido, parece que se nos haya olvidado. Pero ¿Qué pasa con quien no tiene acceso a eso? La brecha digital se define como “desigualdad entre las personas que pueden tener acceso o conocimiento en relación con las nuevas tecnologías y las que no”, pero esta definición creo que se queda corta. Yo quiero hablar de la educación dentro de las escuelas sobre nuevas tecnologías. A nuestra generación nos dieron clases en el colegio dos veces por semana. Posteriormente comenzamos a hacer todo tipo de trabajos en casa con el ordenador. Incluso en algunos colegios los alumnos ya no usaban libros. Si con 13 años usábamos teléfonos móviles, con 15 participabas en alguna red social, para nosotros se convirtió en algo natural. Pero ahora me doy cuenta de lo lejos de ello que están otros.  Hay muchos jóvenes que, cuando llegan a casa, no se ponen a trastear con el teléfono, sino a ayudar a sus padres o a enseñar a sus hermanos lo que han aprendido. Creo que eso también forma parte de la brecha digital, ellos no han tenido la oportunidad de adquirir soltura a la hora de enviar mensajes, saber usar ciertas aplicaciones o saber descargárselas, o simplemente buscar en Internet cualquier duda que te surja, y así una lista interminable.

Os cuento lo que pasa en Honduras porque este país presenta la mayor proporción de población en condiciones de pobreza en Centroamérica y la permanencia de los estudiantes en el sistema educativo está muy asociada al nivel socioeconómico familiar y condicionada por el área geográfica entre rural y urbana. El 75% de los centros educativos están destruidos. No hay casi ni pupitres en las aulas y sólo se encargan de que los niños sepan lo básico. La falta de WiFi en las casas, de un ordenador en el hogar y sobre todo en las escuelas, son la evidente causa de esta brecha. Sólo un grupo de hondureños, los que asisten a escuelas privadas, gozan de los “privilegios” que la mayoría de los europeos damos por hecho, ellos sí pueden acceder a una clase semanal de tecnología. En Honduras hay un gran abismo entre escuela pública y privada. En la Escuela del Vidrio se está trabajando con especial ahínco, por lo menos desde hace dos años, en reducir la brecha digital, dado que los alumnos son seleccionados entre los que viven en situaciones de pobreza, por lo que es totalmente gratuita. Allí se impartía de inicio una clase semanal de tecnología -ahora son de 2 a 3 horas- , cuentan con WiFi en el centro, hay un aula con ordenadores para que los alumnos acudan cuándo lo necesiten, y se está trabajando en crear un club extraescolar de clases sobre la materia: el Club de Tecnología con la colaboración de Tetuan Valley Startup School.

Por datos obtenidos de la directora y de voluntarios de la Fundación Verón que van dos veces al año, sé que la mayoría de los estudiantes no tienen Internet en casa, ni tampoco ordenadores, pero sí teléfono móvil. Así que la brecha no es tan grande como en muchos países africanos, pero no lo suelen usar como fuente de información, cuándo para ellos debería ser algo primordial y muy enriquecedor para su educación. En Melilla muchos de mis estudiantes me enseñaban en sus móviles la página de YouTube con vídeos que explicaban nuestro alfabeto, Honduras es diferente, pero no parecen ser conscientes de lo que podrían tener a su alcance.

La brecha digital es algo con lo que vamos a tener que luchar durante muchos años, al igual que se ha hecho con la alfabetización y se sigue haciendo. Sólo que, a diferencia de la alfabetización, la brecha es algo que va a ir en aumento y va a ser casi imparable, ya que el progreso tecnológico no parece tener fin.

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